Érase una vez una princesa. La princesa de la cerveza.
He aquí el problema. Cuando gobernaba a su pueblo, el pueblo acababa por gobernarla a ella. Así pues, la princesa tenía un problema.
Tenía que escoger entre la felicidad de beber, que implicaba la sublevación de un pueblo que pasaba a dominar a su monarca. O la tristeza de ser abstemia pero gobernando como todos sus antepasados habían hecho anteriormente.
Tras multitudes resacas, ganó la lógica, y la princesa instauró una anarquía cediendo el gobierno a su pueblo de trigo y burbujas, uniéndose a una borrachera inifita.
Bebieron felices y comieron perdices.
Si escribes, no conduzcas.
Hobbes
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jueves, 24 de septiembre de 2009
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